Un Documental que excede la ficción

Acto de Matar

Inevitablemente luego de ver este documental, pensé en que Argentina tiene demasiados Indonesios que reniegan del Jucio y Castigo a los genocidas.

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After

Dime por qué todavía te deseo, por qué tu nombre vuelve como el hacha a la herida en una amarga visitación de la medianoche,
a la vera de un campo funerario donde larvas se multiplican húmedas babas, recuento interminable de torpezas, dime desde esa nada donde ahora te atrincheras, dime por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
discar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre para que solitariamente 
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo, 
de una fragancia donde habita el musgo

de un silencio más fogoso que todas las vigilias.

Cortazar

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Lincoln


De Quinoterapia, Quino

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El Imperio del Consumo

Por Eduardo Galeano


La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
 El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad grave» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos 16 años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, la diet food y los alimentos fatfree, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restaurante de Montreal en Canadá: el restaurante cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, tanto mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente en la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a 7.000 años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad; las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error que se debe corregir, ni un defecto que se debe superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar un shopping center del tamaño del planeta.

Publicado en www.rebelion.org el 26 de diciembre del 2014

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Charla inédita de Haroldo

Aplaudida Charla / Chacabuco,1966
HAROLDO CONTI

En la Escuela N 12

Un nutrido y selecto auditorio colmo anteayer el amplio hall de la Escuela N 12 que siguió con evidente interés el desarrollo del tema “Literatura y Vida”, abordado por el ex alumno de dicho establecimiento y laureado escritor HAROLDO CONTI. Esta conferencia formaba parte del programa de actos preparado con motivo de celebrar sus “bodas de Brillante la Escuela N 12
La presentación del escritor estuvo a cargo de la Vice – directora Sra. Teresa Cieri de Tarello, quien con oportunas palabras destacó la personalidad del Sr Conti, quien tras los conceptos vertidos sobre su persona expresó:

Esto no es una conferencia, si es que ustedes esperaban eso. Es más bien una charla y si la he escrito, y por lo tanto la leo se debe nada más que al deseo de seguir cierto orden y no perderme en divagaciones que la prolonguen más allá de lo soportable. Ante todo, quiero agradecer a la señora directora y personal de esta querida escuela que hayan considerado oportuno que yo les hable en esta especial ocasión. Es un honor que aprecio debidamente y no vean en esto un hueco cumplido. Me conmueve pensar que hace algunos años me sentaba en estos mismos bancos, aunque supongo que como alumno debí ser una verdadera calamidad. De todas maneras, en nombre de aquella pequeña calamidad, gracias. Gracias a mis sabias maestras de la infancia, no solo en nombre de ese mal alumno que se vuelve desde el recuerdo y los contempla con cariño, sino también en nombre de mis hijos, de mi mujer, de mis libros, de todo lo que vino después. Ustedes pusieron la alegría, yo puse la tristeza.
En realidad yo nunca salí de aquí. Y cuando digo yo no me refiero a esa confusa sucesión de actos y sucedidos, de sueños y vigilias que es mi historia, o más bien mi constancia física en el tiempo, sino a esa especie de espectador o testigo de algo que le ocurrió a medias, o en todo caso le ocurrió a alguien parecido a mí mismo. No sé cómo me verán ustedes, tal vez solo un extraño que tratan de reconstruir a partir de un nombre. Yo en cambio me miro y me reconozco en ustedes, me miro y me reconozco en cada vieja cosa como si en verdad recién estuviese al comienzo de la historia, en los días sin sombra de la infancia cuando cada cosa era del tamaño de mi alegría y la gente no envejecía jamás sino que simplemente era tal cual a si misma. Mañana, fiesta de San Donato, el viejo Minervino tocará la gaita en la puerta de la parroquia, el padre Doglia nos echara un sermón lleno de ángeles y demonios con acento gringo, las bombas de estruendo del almacén Cane surcaran el aire y por la tarde la Banda de Bimbo Marsiletti escoltará nuestra lánguida ronda por la Plaza San Martin.
Ahora, la señorita Bonini me acaricia la cabeza y yo corro hacia el patio para un recreo que durara toda la vida. Ahí están mis compañeros. Todavía no se que ya son hombres, que algunos se han marchado, que todos hemos envejecido, que unos pocos tal vez me escucharan una tarde de 1966, también yo casi un desconocido, casi un forastero.
Acaso el deseo de rescatar del olvido toda esa frágil historia, reviviéndome y reviviéndonos como ya ni siquiera nosotros mismos podríamos hacerlo, es lo que un día contra toda sospecha, me llevo o más bien me obligo a escribir.
A menudo se nos pregunta por qué escribe uno. Yo mismo me he hecho varias veces esa pregunta desde el momento que la literatura dejo de ser para m una novedad y comenzó a ser casi un oficio. Mas bien un duro oficio. Por qué no hacer otra cosa si después de todo esto no me hace especialmente feliz?
Bueno, en el fondo no se muy bien por qué. Todo lo que puedo decir es que feliz o infeliz, cambia, al menos por ahora, mi única manera de realizarme. Casi diría mi manera de existir, siempre que se le dé al término su verdadera consistencia filosófica. Puedo usurpar momentáneamente otras vidas, pero me asumo en términos absolutamente personales es en esta cosa del escribir, con sus encantos y desencantos absolutamente personales. Con esto no quiero darle a mi tarea un énfasis especial. El sentido misional o el dramático que algunos le dan, en mi caso al menos no lo considero esencial. Digo nada más que es mi manera de realizarme. Lo que tiene de padecimiento va por mi cuenta.
Hay una pregunta que sigue inmediatamente a esa primera. Que de alguna manera depende de ella y aún está implicada en ella, aunque no parezca así a primera vista. Cómo escribo?. Pero entiendan que si al escribir lo tomo como un consistir, al preguntar cómo escribo en resumidas cuentas pregunto cómo o en qué consisto.
Les parecerá muy simple si digo que para mi escribir es normal pero no aludo, naturalmente, a esa amable literatura que va extrayendo del pasado plácidos y cariñosos recuerdos. Lo entiendo como una actitud existencial. Yo soy yo y mi historia. Y aún esto mismo es una distinción ideal. Como identidad yo soy mi historia. De manera que al evocarme no hago otra cosa que asumirme y rescatarme como persona, como individuo, como ese exclusivo individuo con su exclusiva historia que es lo único que puede dar testimonio de su existencia y que en definitiva, no es otra cosa que su propia existencia.
Y así, a través de mis personajes soy yo el que me vivo. Me vivo en historias que fueron o pudieron ser, no importa su correspondencia efectiva en el tiempo porque después de todo el tiempo sin nosotros, sin lo que nosotros proyectamos en él no es más que un negro vacío o, mejor, simplemente nada. Y todo lo que pretendo es que otros, la mayoría de los cuales no llegaré a conocer nunca, se vivan a partir de la minúscula sucesión de signos que, mientras alguien no los anima, apenas son un trazo de tinta. Este es el único interés que tiene para m la literatura. Digo para mí puesto que me refiero a mi exclusiva experiencia. No se si, después de todo, he llagado a ser un escritor pero que indiscutiblemente no soy es un literato.
Cuando escribí Sudeste, vivía prácticamente en las islas y, aparte del hecho de empuñar una lapicera y sentarme frente a una hoja de papel, la historia salió de la gente y las cosas, casi a mi pesar. Por ese tiempo no conocía a ningún escritor, y creo que desde entonces, cundo me resultaban tan lejanos, comprendí que no hay nada mejor que esa lejanía para participar de sus mundos.
Estoy seguro de que no hubiera ganado nada ( más bien habría perdido) conociendo a la persona Faulkner o Mann, o Morosoli o Caldwell o Macedonio Fernández o Joyce o Pavese u Horacio Quiroga o Dylan Thomas o Hemingway o Mateo Booz (hablo de ellos como si estuvieran vivos. En cierta forma lo están, la única como los conocí y representan algo para mí). Su persona real, aunque llamarla así es bien relativo, no se interpuso entre yo y ellos y justamente por eso me resultan tan familiares y todavía hoy me escoltan como viejos conocidos. A través de sus libros me entregaron lo mejor de sus vidas y quedó para ellos la pequeñez, la anécdota y tal vez la miseria de sus personales existencias, apenas distintas a la mía por el nombre. Después de Sudeste, y siempre a mi pesar, conocí por fin ese mundo que llaman de las letras y mi desencanto fue tan grande que pensé que nunca mas iba a poder escribir una línea. Allí estaba toda esa gente que suponía espiritualmente la más rica sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia, y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies.
Entonces decidí seguir donde estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida sino que fuese justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria, dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos, no de los muertos. Ellos estaban muertos.
En eso no descubrí nada nuevo, sino que, casi por instinto, acerté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino una imperiosa y hasta trágica necesidad. Como tal, no se limitó a un par de libros sino que informó, conformó y complicó todas sus vidas.
Hemingway tiene usa frase al respecto que me parece bastante esclarecedora. “El talento reside en como uno vive la vida”. Es decir, no se trata meramente de escribir algunos libros sino de ser autor y protagonista de toda mi vida. Un libro no es más que una cierta cantidad de hojas y tinta de impresión. Hoy en día puede llegar a hacerlo una computadora electrónica. Pero lo que no puede llegar a darme la computadora es el dolor, la soledad y la miseria o la alegría y el éxtasis de una vida. Y entre una computadora y un exquisito que en su torre de marfil ordena, clasifica y selecciona sustantivos y adjetivos no veo gran diferencia. Ambos están igualmente amputados y mutilados, la vida se detiene a sus espaldas. La literatura es un artificio más o menos feliz.
Días pasados, en una encuesta organizada por una revista holandesa me preguntaban mi opinión sobre Borges. Supongo que la nueva generación siente más bien fastidio por este viejo ídolo embalsamado en vida. Sin embargo sería tonto reprocharle nada a Borges solo porque es viejo. Personalmente, me molesta su actitud política en esta América desgarrada por la injusticia y la miseria. Es un reaccionario o, en todo caso, un ingenuo. Pero esto, por lo menos en teoría, tal vez no tenga nada que ver con la literatura en estado puro.
Tampoco me impide reconocer en Borges al escritor más brillante y refinado de un país que es más bien todo lo contrario. Pero así y todo no me interesa para nada porque simplemente con todo su talento literario Borges es el tipo con menos talento para vivir.
No tiene nada que darme como no sea ese brillo y esa forma y algún comentario sobre las literaturas germánicas medievales. Prefiero, a pesar de sus limitaciones, a un Juan José Morosoli que, en un estilo simple y descarnado en el que a menudo cuenta más la intención, me golpea de pronto con una realidad que jamás podría darme Borges porque simplemente es incapaz de vivirla.
Y cuando digo realidad no me refiero a algo que efectivamente se corresponda con esa supuesta realidad exterior a nosotros que es nada más que una abstracción, sino a la exclusiva y personal realidad de la obra de arte. Se habla con frecuencia de realismo literario aludiendo, por lo general, a una literatura que se corresponde con una realidad externa e inclusive, en el caso del objetivismo, que la calca. Se parte del supuesto, creo yo, de que existe, con independencia de nuestra subjetividad, una externidad inmóvil y coherente perfectamente recortada en el tiempo. Lo que existe, en todo caso, es una pura fluencia, un caos de estímulos y sensaciones al que nuestra subjetividad le otorga sentido. De manera que así como existen muchas subjetividades existen muchos sentidos y, por lo tanto, muchas realidades.
Referido a la literatura, el equívoco de una realidad universal y compartida ha generado una corriente literaria que trata de interpretarla y ésta, por otra parte, tendría que ser interminable
En el caso particular de la literatura argentina ese equívoco ha fomentado más o menos conscientemente la pretensión de una novelística inclusive de una novela que abarque y agote de una vez y para siempre una supuesta realidad nacional . Lo que podría llamarse la novela monumento o la literatura del bronce. Todo lo que ha logrado con ello es acentuar todavía más el divorcio entre la literatura y el país, La Argentina es una suma de realidades, a menudo incomunicadas entre si, en perpetuo cambio todas ellas, lo que genera nuevas realidades, y cuando pueblo el Buenos Aires con orilleros del 20 porque se me ocurre que esto es mas representativo que un montón de melenudos bailando “Juanita Banana” o “Señor Caníbal” en lugar de un tango de Arolas lo que estoy haciendo es desfigurar y ocultar el país.
Todo esto parece contradecirse con lo que dije un poco antes. Si existe una realidad de Morosoli existe también una realidad de Borges. En todo caso la realidad de Morosoli es algo vivo mientras que la realidad de Borges es nada más que literaria. Detrás de Morosoli hay un mundo poblado de gentes. Detrás de Borges hay un vacío poblado de ausencias. Borges vive entre libros. Morosoli vive entre hombres
Y en nombre de la justicia permítanme aquí dos palabras sobre un autor que, como comprenderán, al lado de Borges es un desconocido. Juan José Morosoli nació, vivió y murió en Minas (R.O.U). Su padre fue albañil. Matriculado en la escuela primaria en 1907 debió abandonarla en 1909 para ponerse a trabajar. En otras palabras no pasó de segundo grado. Fue mandadero dependiente, de todo un poco hasta adquirir una barraca, al frente de la cual estuvo hasta su muerte.
Su literatura puede describirse en pocas palabras, que son suyas: “Yo creo que con amor y amistad se puede comprender a los hombres. Y aquí – en los bordes de mi pueblo- está la veta. Y también en las chacras que no tienen, que yo sepa, su cronista. Y en las canteras, de las que está roto todo el paisaje de Minas. Tal vez yo sea un poco parecido a mis hombres. Por eso los saco como son. ¿No ve que soy muy inculto y solo tengo el mérito de ser un buen busca-rumbo?
Las palabras no pueden ser más simples pero hay en ellas toda una preceptiva literaria-
La mayor parte de los escritores argentinos vive en Buenos Aires. Algunos escriben sobre lugares y personajes más o menos agrestes de la misma manera que Cortázar lo hace sobre Buenos Aires desde París. Otro, que ni siquiera eso han conocido (a lo sumo hacen turismo en su propio país), no tienen más re medio que limitarse a Buenos Aires puesto que nunca han salido de él. Pero, por lo general, el suyo resulta un Buenos Aires irreconocible o en todo caso histórico, poblado con paicas, grelas y compadres y todo ese repertorio malevo que, de pronto, ha desatado el tardío fervor de los intelectuales argentinos. En ese sentido, parece que estamos condenados a llegar tarde.
Así por ejemplo nuestro entusiasmo por el tango literario y convencional, sin espontaneidad de formas y de dudosa sinceridad, aparece 20 o 30 años después del tango vivo y popular. En la misma medida somos peronistas 10 o 15 años después. No me sorprendería que dentro de otros 10 o 15 años participemos de mesas redondas y simposios sobre Palito Ortega o Claudio Caramelo y que poetas con cara de catecúmenos canten “Despeinada” o “Te estas poniendo negra”. Me resulta cómico escuchar por Radio Nacional a un escritor con voz más bien de escritora, hablando de Contursi o De Caro, en el mismo estilo que si lo hiciera sobre la “Crítica de la Razón Pura”. Lo que me resulta triste es que el país se nos pase de largo. Hay alguno, por fin, tan alejado de todo, que ubica sus personajes en el Renacimiento y que, si por él fuera se pasearía por la calle Florida con calzones y escarpines. Están, por supuesto, los escritores que simplemente no escriben. Aquellos, como por ejemplo, que a través de la SADE obtuvieron un diploma de escritor y aparecen en cuanto homenaje, presentación, entrevista, mesa redonda, agravio o desagravio anda por ahí. Son los que han hecho de la literatura una actividad social.
En cualquier caso esa mayoría vive y escribe espiritualmente aislada en Buenos Aires. La real conformación del país, teóricamente federal, pero de hecho política, económicamente unitaria se refleja en ellos de modo dramático. Han creado un país de ficción y en consecuencia, han fingido vidas y realidades que no existen.
(Desgraciadamente, ese tipo de escritor se corresponde con un tipo de lector. Se escribe de rebote, se busca la interpretación y ante todo, la representación)
Hay, por supuesto, notables excepciones pero generalmente han pagado con la incomprensión o la indiferencia y, por fin, el olvido. Con lo que el escribir, tarde o temprano, se resuelve en una conducta y un riesgo. Es allí donde está el compromiso. No en el hecho de urdir una literatura comprometida, lo cual es bastante confuso, sino en el de asumir un compromiso con la vida.
Esto que digo tiene una connotación heroica pero en mi caso, y creo que en el de todos, no se trata de un renunciamiento o algo por el estilo sino de la tan simple cuestión de ser o no ser. Aceptar todo aquello equivale a renunciar a mi mismo. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura pero aunque no fuera así la elegiría de todas maneras.
Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Quiero decir que no vivo recluido en mi escritorio con la lapicera amartillada o parapetado detrás de una Olivetti, esperando que los sucesos y personajes salgan del aire. Yo mismo me convierto en sujeto y personaje, me complico con la gente, camino, corro, salto en medio de ella, dedico a un árbol todo el tiempo que se merece y presto la misma atención al maestro que me enseña que a mi perro cuando ladra (a menudo mi perro tiene tanto que decirme que no tengo tiempo de escuchar al maestro). Hay buenos y malos maestros, por supuesto, pero todos tienen algo que enseñarme en su momento. Mis amigos del boliche lo tienen siempre. Si un edificio me tapa la ciudad no espero a que el edificio se corra sino que trepo sobre él y así veo toda la ciudad y detrás de la ciudad veo el camino. Entonces comprendo que ha llegado mi hora, cierro con un golpe el libro y me lanzo por él.
Están los grandes divos de la literatura que viven, para decirlo en alguna forma, sumidos y consumidos en ese ingenioso mundito de frágiles y minúsculas celebridades a las cuales se reduce toda su experiencia con el mundo.
Puntualmente, cada uno o dos años (con excepción de Sábato, que lo hace cada trece) editan un libro. Pero todos sus libros juntos no valen una hoja de ese loco vagamundo de Jack Kerouac que con su mochila al hombro corre de una punta a otra de esa gigantesca tierra que gime, canta o resopla a través de su sangre y mientras corre detrás de Dean Moriarty o de otra sombra cualquiera que nunca podrá alcanzar, garrapatea algunas hojas en un vagón de carga que hiende la noche en dirección a San Francisco o en la litera de un barco que surca el Golfo de México o en una carpa de un dólar por día en los algodonales de Sabinal. Ni valen una página de Hemingway, ni media de Sillitoe y ni siquiera un punto de Morosoli.
Morosoli persona ha muerto. Morosoli escritor vive. Sus libros los escribió la vida. Morosoli vivirá siempre.
Ojalá alguien alguna vez, aunque sea en una mediocre conferencia diga y sobre todo sienta lo mismo de mí.

Haroldo Conti

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UNA PEQUEÑA FABULA

"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Sólamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.

 
Franz Kafka

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Casiopea

Como una gota fui de la marea
la playa me hizo grano de la arena.

Fui punto en multitud por donde fui
nadie me detectó y así aprendí.

Cuando creí colmada la tarea
volví mi corazón a Casiopea.

Cumplí celosamente nuestro plan:
por un millón de años esperar.

Hoy llevo el doble dando coordenadas
pero nadie contesta mi llamada.

¿Qué puede haber pasado a mi señal?
¿Será que me he quedado sin hogar?.

Hoy sobrevivo apenas a mi suerte
lejano de mi estrella de mi gente.

El trance me ha mostrado otra lección:
el mundo propio siempre es el mejor.

Me voy debilitando lentamente
Quizás ya no sea yo cuando me encuentren.
                                                                                 Silvio Rodriguez

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Nochecita de verano con el viejo

En aquel verano de los 80, el calor dicen que era menor al actual, "era otro tipo de calor, más soportable" es lo que me repiten cada vez que el clima se inmiscuye en la conversación con aquellos mayores de memoria venerable.
A decir verdad, no podría contradecir tal aseveración, tampoco podría afirmarlo, sólo recuerdo esa noche de verano.
La oscuridad que inundaba todo, no sólo se debía a la mas inmensa noche demorada del verano, sino al corte de luz, el cual "tampoco se debía al alto consumo" según me comentan las mismas memorias.
El silencio era absoluto, acorde para que mi padre encienda esa vieja radio pesada de pilas gordas, y sintonizar radio "El Mundo", eran las doce de la noche y había cita nuevamente con la radio en verano.
A pesar de lo que dijeron las memorias antes consultadas, recuerdo como sello indeleble que no se soportaba, el calor no se soportaba esa noche, estar dentro del dormitorio sin revocar era una tortura.
Entonces la silueta del viejo se levanta y corta la habitación en dirección a la puerta que comunica al pasillo, se sienten sus pasos cansados alejarse. De repente una puerta igualmente lejana se abre y sólo el perro que dormita bajo la higuera parece notarlo.
La invitación vendrá por los barrotes de la ventana que da al patio, la ventana de la habitación que tiene esa boca comunicante al exterior y que esa noche no es suficiente para apaciguar el calor.
No lo pienso, ni una ni dos veces, porque es automático. También decido ser una silueta que abandona a mi madre por un momento de la habitación, a ella no le gusta subirse, prefiere estar bien cerca del suelo (ahora, con el pasar de los años entiendo porqué, resulta que ella es más de tener los pies al suelo, de amar la tierra y las flores, ella es primavera)
Se adivina en la noche el guiño que ofrece la escalera apoyada en la pared. Llevamos la radio para que resuenen esos chamamé de Radio El Mundo, y un colchón viejo, el que va perdiendo contenido pero le sobra historia.
Y así se descubre el cielo nocturno, las estrellas que parecieran aguijonear el negro firmamento, y la luna inmensa que no permite a nadie sentirse solo.
Me recuesto junto al viejo y suena Ivotí, uno de sus preferidos, suspira, me murmura algunas palabras y se duerme. Me quedo asombrado con el cielo, mientras el ronquido leve del viejo aleja la noche y empieza a bienvenir a la mañana, donde nuevamente el obrador, el calor infernal (o no tanto según las memorias) y el trabajar como esclavo, justifican la comida familiar y las pilas de la radio para escuchar un par de chamamé antes de dormir, cuando se corta la luz. La noche se consumió y es hora de bajar todo nuevamente, el colegio espera, y mi madre también.

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La Balada del Alamo Carolina

A mi madre, doña Petrolina Lombardi de Conti,

y a la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

 

Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,

la primavera siempre volverá.

Tú, florece.

Anónimo japonés

 

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Este álamo Carolina nació aquí mismo, exactamente, aun­que el álamo Carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.

Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.

Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. Tam­bién ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.

Ahora es un viejo álamo Carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.

Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando dónde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo Carolina recuerda.  

A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descan­só un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol floreci­do de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agi­tarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.

Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.

Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces.

Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera.

Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las des­cascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.

El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra.

Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo Carolina se comuni­caba a través de aquel húmedo corazón.

Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los ár­boles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aque­lla dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.

¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus herma­nos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duer­men propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra.

 Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvela­do vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo.

En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.

Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol com­pleto, sintió por primera vez el dolor de su fijeza.

Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al co­mienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había apren­dido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vue­los.

El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol mú­sico.

Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza.

Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo Carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos.

Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo Carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.

Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.

Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa.

 Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo Carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

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Golpista 1

30 de septiembre, 2012

PEDIDO DEL PUEBLO ARGENTINO A LAS FUERZAS ARMADAS

Compatriotas del Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Gendarmería y Prefectura:

En virtud a una solicitud expresa de cientos de Redes Sociales, en permanente comunicación con nuestros servidores, es nuestro propósito dirigirles esta misiva, para convocarlos a que con los medios disponibles a vuestro alcance, se plieguen a la Reunión del Pueblo en Asamblea Abierta, que se dará cita en todas las ciudades y localidades de la Patria, el próximo 8 de noviembre.

Dirigimos esta arenga a los Jefes de todas las Unidades de las Fuerzas Armadas, que figuran como destinatarios de la presente.

Éste no es otro llamado tan lacónico como los cientos que les hemos hecho llegar anteriormente.

En esta oportunidad nos hemos de limitar, ante el estado de gravedad institucional por el que atraviesa la Nación, a una rogatoria, para que junto a la mayoría de la Argentinidad... desconociendo (cualquier prohibición) que emane de la superioridad jerárquica proveniente del Ministerio de Defensa, ó incluso de una superior a ésta.

Planes tan macabros como inconstitucionales, se están articulando desde la Presidencia, instando a los seguidores de este fraudulento gobierno, para incorporar al más absoluto caos y anarquía como nuestra inminente forma de vida colectiva.

Desde un ingente y sistemático organigrama de expropiaciones al sector agropecuario, pergeñado por un tal Emilio Pérsico, actualmente al timón del Ministerio de Agricultura, como otro tan grave y desestabilizante, esto es, la intrusión en las Cajas de Seguridad en las diversas sucursales bancarias, en las que el Argentino promedio pone a salvo sus ahorros de un sistema sovietizado de gobierno, que desembozadamente no disimula tal condición.

Porque este modelo kirchnerista pretende abolir el Derecho de Propiedad Privada, estimulando el ingreso irrestricto de gente procedente del exterior, de dudosa y/o ninguna moralidad, para multiplicar los asentamientos emergentes, e incrementar la vagancia y la disolvencia sociológica.

No descartamos que esta Presidente y sus amigos, encuentren en una potencial (presencia) Castrense, el anhelo que los une, para sumergir a la Patria, en una guerra fraticida, pero descontamos que esta hipótesis en ejercicio, igualmente mutará de abstracta en fáctica un día de éstos.

Porque la administración de Justicia ha dejado de funcionar hace décadas.

Porque la actividad y control parlamentario es desde la misma época una mera simulación.

Porque los desfalcos en la Administración Pública, han burlado ya todas las estadísticas de tolerancia, que con guarismos mucho menores existen en otras latitudes.

Porque la violencia y el delito callejero, ha desbordado el contralor policial, infestado además de su propia corruptela que agiganta cotidianamente los crímenes impunes por la afinidad existente entre los criminales y sus perseguidores.

Porque la continuidad de la Democracia, surge como demasiado enturbiada, por el desarrollo de un infalible mecanismo electrónico de fraude, que le permitirá a esta malhadada administración, eternizarse en el poder, con la complacencia de los otros poderes del Estado cohechados, que ya se ha aplicado con un rutilante (y falso) éxito en las últimas presidenciales.

Y finalmente porque la Voluntad Popular, exige la cesación de todos los precitados y muchos otros excesos, como el monopolio de los medios de comunicación, que valida el fraude de la inflación y oculta el récord de felonías oficialistas de todo tipo, que merced a esa mordaza informática, permanecen silentes.

Infortunadamente, no existen resortes supletorios, como para desistir el convocar a nuestros Compatriotas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, para que apliquen con su sola presencia junto a la mayoría de los Argentinos, el acicate inexorable, para someter a juicio público, a la Señora Presidente, Ministros, Secretarios de Estado, Gobernadores Provinciales y demás funcionarios, coludidos todos ó la mayoría de ellos, en el injusto preceptuado por el inciso 1, artículo 215 y concordantes del Código Penal de la Nación.
Si así no lo hiciereis, que Dios y la Patria os lo demanden.

Atentamente
Carlos Belgrano

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Golpismo 2

PEDIDO A LOS INTEGRANTES DE LAS FUERZAS ARMADAS

Por el Dr. Cosme Beccar Varela
Buenos Aires, 02 de Octubre del año 2012 - 1131

INTRODUCCIÓN: He recibido copia de una carta dirigida por el Sr. Carlos Belgrano a los integrantes de las FFAA, interpretando el sentir del buen pueblo argentino. El pedido es que se sumen a las marchas del 8 de Noviembre próximo con el fin de potenciar el legítimo derecho de "peticionar a las autoridades", en este caso, al Congreso, para que destituyan mediante juicio político a "Señora Presidente, Ministros, Secretarios de Estado, Gobernadores Provinciales y demás funcionarios" sospechosos de numerosos delitos y de un pésimo desempeño.

A estos motivos pueden agregarse los que enumeré en los artículos 955, del 17/2/2010 y 1129, del 27/9/2012 que son más que suficientes para que el juicio político prospere.

La movilización, a la que deben sumarse todos los integrantes de las FFAA en su carácter de ciudadanos argentinos que no están exentos de sus deberes patrióticos por el hecho de vestir uniforme, sino todo lo contrario, es el único recurso que nos queda a los argentinos para librarnos de esta tiranía que nos está llevando inexorablemente al comunismo.

No otra cosa implican los reiterados ataques a la propiedad privada, a la libertad de los secuestrados políticos mediante parodias de juicios que no son otra cosa que "tribunales populares" en acción, a la libertad de entrar y salir del país, a la seguridad personal, al derecho de todo habitante de vivir en paz bajo un gobierno justo, sin caos social y sin la amenaza constante de grupos violentos que impiden el tránsito interno y la libertad de trabajo.

Todo esto, más muchas otras cosas semejantes las ha resumido la tiranía con el lema provocativo y desafiante acuñado por la propia Sra. Kirchner, "¡Vamos por todo!" y su significación ideológica ha quedado definida por su alianza efectiva con la Cuba castrista, la Venezuela de Chávez, Rusia y China.

Si alguna duda quedara, es público y notorio que el Poder Ejecutivo ha asumido la suma del poder público con la complicidad del Congreso, violando el art. 29 de la Constitución, motivo por el cual los diputados que lo consintieron no pueden integrar la Cámara a los efectos del juicio político por ser pasibles de la misma sanción del art. 29 que cabe a la Sra. Kirchner. La Cámara acusadora debe sesionar sin ellos.

El peligro es gravísimo y los artículos 29 y 36 de la Constitución prevén soluciones precisamente para situaciones como la que vivimos. La acción del pueblo está dentro de la Constitución mientras que esta tiranía se ha puesto fuera de la ley desde hace rato.

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Para Mayores de 40

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor.
Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más!

¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y tire que ya se viene el modelo nuevo’.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo). Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.
Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.


Eduardo Galeano

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El Adios de Genoveba

Solitos, abrazados, esperando el amanecer...
Ella, Genoveba, y sus dificultades para respirar, su corazón débil,
El, Don Emilio, compañero infatigable, hombre de voluntad de hierro,
Amanece, y no es poco...

Emilio, y sus bellos ojos verdes que ya no descubren el mundo,
sino que navegas por mundos interiores en búsqueda de formas y colores,
Genoveba, y sus fuerzas que decaen poco a poco,
con cada minuto, con cada segundo, con tu mínimo latido...

El sol incipiente, pájaros cantando en su nido sobre la ventana al patio,
algún auto que destruye en mil pedazos la tranquilidad
de la habitación donde confluyen dos almas que por más de
setenta años han sido uno, y otros, dos y uno a la vez...

Es en vano Emilio que sigas preguntandole al cuerpo yaciente
de Genoveba,
Ella ya no responder a tus preguntas
Es en vano que busques las pastillas de la mañana, no le harán falta

Aunque tus manos acariciadoras reconstruyan su rostro
e indaguen en ese aliento, en esa respiración que es como tu motor
para seguir encarando los días por venir,
el silencio de la muerte envuelve la habitación y nada hay para hacer..

Sin imaginarlo, pero proyectándolo quizás en algún pasado cercano,
ella exhaló sus últimos esfuerzos de vida a tu lado,
Abrazados esperaron ese momento único y sublime,
en que volvemos a nacer, en que volvemos adonde la vida huye...

Y luego lo de siempre, los que estuvieron y no estuvieron,
se acercarán con sus rostros compungidos falsa o verdaderamente
para dar una mano al pobre viejo que sólo se ha quedado,
 haciendo ruido e invadiendo todo

Impregnando de realidad urbana, esa paz de campo que ambos tienen
hablando de grandes temas y burocracias mortuarias,
de lo que se vendrá con Don Emilio ciego y sordo, quién se hará cargo?
mientras por tus interiores ahondan pájaros que trinan y recuerdos

que ya no saben que hacer con tanta vida...

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El Viaje

Señores, denme permiso
pa´ decirles que no creo
lo que dicen las noticias
lo que cuentan en los diarios
lo que entiendo por miseria
lo que digo por justicia
lo que entiendo por cantante
lo que digo a cada instante
lo que dejo en el pasado
las historias que he contado
o algun odio arrepentido.

Para que ustedes no esperen
que mi canto tenga risa
para que mi vida entera
les quede al descubierto
para que sepan que miento
como lo hacen los poetas
que por amarse a si mismos
su vida es un gran concierto
dejenme decirles esto
que me aprieta la camisa
cuando me escondo por dentro.

Y si alguno quiere risa
tiene que volver la vista
ir mirando a las vitrinas
que adornan las poblaciones
o mirar hacia la calle
donde juegan esos niños
a pedir monedas de hambre
aspirando pegamento
pa calmar tanto tormento
que les da la economia.
Cierto que da risa.

Pero yo creo que saben
donde duermen esos niños
congelados en el frio
tendidos al pavimento
colgando de las cornisas
comiendose a la justicia
para darles tiempo al diario
que se ocupe del deporte
para distraer la mente
para desviar la vista.

De este viaje
por nuestra historia
por los conceptos
por el paisaje.


                       Nelson Schwenke

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Monocultivo de Cerebros


Por Raúl A. Montenegro

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.

Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.

Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.

Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.

Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.

Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.

Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1.200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.

Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.

Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.

Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.

Qué duro es saber que miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.

Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.

Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.

Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo.

Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.

Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.

Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel.

Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja.

Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.

Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.

Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.

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Tácito

Los depredadores del mundo, cuando ya
lo han desvastado todo y les falta tierra, miran al mar: si
el enemigo es rico, son mezquinos, si es pobre, ambiciosos,
y ni Oriente ni Occidente bastarán para saciarlos:
desean para sí toda la riqueza y la miseria
para los otros. A saquear, matar y expoliar
le dan el mal nombre de imperio,
y allá donde crean un desierto, dicen que
hay paz.

Tácito

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Romance de la luna tucumana

Bajo el puñal del invierno
murió en los campos la tarde
Con su tambor de desvelos
salió la luna a rezarle

Rezos en la noche blanca
tañen las arpas del aire
mientras le nacen violines
a los álamos del valle

Zamba de la luna llena
baila la noche en las calles
con su pañuelo de esquinas
y su ademán de saudades

Se emponchan de grises nieblas
los verdes cañaverales
y caminan los caminos
con su escolta de azahares

La noche llena de arpegios
la copa de los nogales;
el tamboril de la luna
cuelga su copla en el aire

Zamba de la luna llena
Baila la noche en las calles
con su pañuelo de esquinas
y su ademán de saudades

Mi corazón bate palmas
con las manos de mi sangre
mientras, cansada, la luna
se duerme sobre los valles.

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Canción para los días de la vida

Este dia empieza a crecer
voy a ver si puedo correr.
Con la mañana silbandome en la espalda
o mirarme en las burbujas.
Tengo que aprender a volar
entre tanta gente de pie.
Cuidan de mis alas unos gnomos de lata
que de noche nunca rien.
Si la lluvia llega hasta aquí
voy a limitarme a vivir.
Mojare mis alas como el arbol o el angel
o quizas muera de pena.
Tengo mucho tiempo por hoy
los relojes haran que cante
Y la espuma gira en torno a mi piel
me han puesto manos para hablarle
a las cosas de mi.
Y al fin mi duende nacio
tiene orejas blancas
como un soplo de pan y arroz
y un hongo como nariz
cuatro pelos locos y un violin que nunca calla
solo se desprende y es igual a las guirnaldas.
Este dia es algo de sal
me dejo vibrando al nacer
pesa y es liviano como un hilo sin nombre
suena un poco a mi guitarra.
Tengo que aprender a ser luz
entre tanta gente detras.
Me pondre las ramas de este sol que me espera
para usarme como al aire.
Y es que al fin mi duende se abrio
tiene un corazon de mantel y baton
y un guiño al ver que todo es verdad.
Ya los gnomos cuiden
a un violin que siempre canata
nunca se adormece y es igual a las guirnaldas.
Y es que nunca calla, solo se desprende
y es igual a las guirnaldas

Luis Alberto Spinetta

GRACIAS FLACO

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